A Margarita Debayle

Rubén Darío

Rubén Darío compuso «A Margarita Debayle» el 20 de marzo de 1908, durante su regreso a Nicaragua, en la isla del Cardón, en la bahía de Corinto. El poema nació dedicado a Margarita Debayle, niña de unos ocho años e hija de su amigo, el doctor Luis H. Debayle.
El poema transforma una petición infantil en un cuento maravilloso: una princesa sale al cielo para tomar una estrella y adornar con ella su prendedor. Su padre considera la acción una desobediencia, pero Jesús interviene y permite que la niña conserve aquella «flor de luz», porque representa la imaginación de quienes sueñan. Así, la aventura convierte el mundo cotidiano en un espacio donde la inocencia puede alcanzar lo imposible.
Su sentido más profundo está en la defensa de la imaginación infantil y de la capacidad de soñar. Darío no presenta el deseo de la niña como una simple travesura, sino como una aspiración legítima que merece comprensión. El desenlace une ternura, espiritualidad y fantasía, mientras el propio poeta se despide afectuosamente de Margarita y le pide conservar su recuerdo.
Es, en definitiva, un poema de extraordinaria sencillez aparente: detrás del cuento infantil celebra la inocencia, el sueño y la belleza, y convierte un recuerdo personal en una experiencia poética universal.

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Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Este era un Rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes.
Un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti,
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros, son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el Rey dijo: «¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?»

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«─Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad.»

Y el Rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar.»

Y dice ella: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté.»

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver.»

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí.»

Viste el Rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

***
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda niña un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento!

 

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