Miguel Hernández
Enmarcado en la producción poética de Miguel Hernández durante la agitada década de 1930, en la antesala de la Guerra Civil española, este texto forma parte del Cuaderno de Miguel Hernández, manuscrito que recoge composiciones de sus primeros años, cuando el joven poeta de Orihuela exploraba la sensibilidad hacia la naturaleza y la belleza cotidiana.
El poema describe a un hombre que lee al aire libre mientras la tarde avanza hacia la noche. A medida que la luz desaparece, el paisaje cambia: se oyen los pájaros y el agua, las montañas se oscurecen y surge la primera estrella. Finalmente, la falta de claridad obliga al lector a cerrar el libro.
Hernández transmite la armonía entre la experiencia humana y el mundo natural. La lectura aparece como una actividad íntima que convive con los sonidos, los colores y los cambios del entorno, hasta que la oscuridad impone sus límites. El poema invita así a contemplar con atención el paso del tiempo y a reconocer la belleza de lo sencillo.
Lo más destacable es esa transición serena entre el conocimiento que ofrece el libro y la experiencia directa de la naturaleza. Cuando ya no puede leer, el paisaje ha ofrecido su propia lección de sensibilidad.
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Un ciprés: a él junto, leo.
(El sol va acotando poco
a poco su fulgor loco.
Preludia un ave un gorjeo).
Me acuesto en la hierba. Leo.
(Es el poniente de hoguera:
contra él una palmera
tiene un débil cabeceo).
Echo el ojo al hato. Leo.
(Da el sol un golpe mayúsculo
a una montaña… Crepúsculo.
Se oye de un agua el chorreo).
Me pongo sentado. Leo.
(La muriente luz se enjambra
fingiendo una gran Alhambra
de mármol cristaloideo).
(Trunca el ave su gorjeo.
Por el oriente descuella
la noche. ¿Nace una estrella?)
No quedan luces… No leo.