Generalife

Juan Ramón Jiménez

(A Isabel García Lorca, hadilla del Generalife)

El poema “Generalife” de J.R.J. es el mayor monumento lírico al agua en castellano.

Lo escribió tras pasar una temporada en Granada y visitarlo junto con la familia de Federico García Lorca.

El Generalife durante sus siglos de vida ha sido testigo de numerosos sucesos trágicos y placenteros. Los jardines y el agua se hermanan con lo ocurrido. El agua padece y goza del mismo modo que allí padecieron y gozaron los diferentes personajes.
Es agua viva que se une al que la ve y al que la oye. Un agua que llora, que tiembla, que habla, que duerme, que sueña, que canta…

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Nadie más. Abierto todo.
Pero ya nadie faltaba.
No eran mujeres, ni niños,
no eran hombres, eran lágrimas
─¿quién se podía llevar
la inmensidad de sus lágrimas?─
que temblaban, que corrían,
arrojándose en el agua.

…Hablan las aguas y lloran,
bajo las adelfas blancas;
bajo las adelfas rosas,
lloran las aguas y cantan,
por el arrayán en flor,
sobre las aguas opacas.

¡Locura de canto y llanto,
de las almas, de las lágrimas!
Entre las cuatro paredes,
penan, cual llamas, las aguas;
las almas hablan y lloran,
las lágrimas olvidadas;
las aguas cantan y lloran,
las emparedadas almas.

…¡Por allí la están matando!
¡Por allí se la llevaban!
─Desnuda se la veía.─
¡Corred, corred, que se escapan!
─Y el alma quiere salirse,
mudarse en mano de agua,
acudir a todas partes
con palabra desatada,
hacerse lágrima en pena,
en las aguas, con las almas…─
¡Las escaleras arriba!
¡No, la escalera bajaban!
─¡Qué espantosa confusión
de almas, de aguas, de lágrimas;
qué amontonamiento pálido
de fugas enajenadas!

…¿Y cómo saber qué quieren?
¿Dónde besar? ¿Cómo, alma,
almas ni lágrimas ver
temblorosas en el agua?
¡No se pueden separar;
dejadlas huir, dejadlas!─

…¿Fueron a oler las magnolias,
a asomarse por las tapias,
a esconderse en el ciprés,
a hablarle a la fuente baja?

…¡Silencio, que ya no lloran!
¡Escuchad, que ya no hablan!
Se ha dormido el agua y sueña
que la desenlagrimaban;
que las almas que tenía,
no lágrimas, eran alas;
dulce niña en su jardín,
mujer con su rosa grana,
niño que miraba el mundo,
hombre con su desposada…
Que cantaba y que reía…
¡Que cantaba y que lloraba,
con rojos de sol poniente
en las lágrimas más altas,
en el más alto llamar,
rodar de alma ensangrentada!

¡Caída, tendida, rota
el agua celeste y blanca!
¡Con qué desencajamiento,
sobre el brazo se levanta!
Habla con más fe a sus sueños,
que se le van de las ansias;
parece que se resigna
dándole la mano al alma,
mientras la estrella de entonces,
presencia eterna, la engaña.

Pero se vuelve otra vez
del lado de su desgracia;
mete la cara en las manos,
no quiere a nadie ni nada,
y clama para morirse,
y huye sin esperanza.
…Hablan las aguas y lloran,
lloran las almas y cantan.
¡Oh qué desconsolación
de traída y de llevada;
qué llegar al rincón último
en repetición sonámbula;
qué darse con la cabeza
en las finales murallas!

(…En agua el alma se pierde,
y el cuerpo baja sin alma;
sin llanto el cuerpo se va,
que lo deja con el agua,
llorando, hablando, cantando,
─con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena ─,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas).

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