Hombres necios

Sor Juana Inés de la Cruz

Este poema de Sor Juana Inés de la Cruz es una denuncia directa y muy consciente contra la injusticia con la que los hombres evaluaban la conducta de las mujeres en la sociedad colonial. La autora, desde su posición de monja intelectual y con amplia formación humanística, observa cómo los hombres exigen comportamientos contradictorios: quieren mujeres recatadas, pero a la vez las incitan; reclaman pureza, pero critican cuando ellas responden a esas mismas provocaciones. Sor Juana expone que esta incoherencia no solo es ilógica, sino profundamente injusta.
A lo largo del poema, la autora busca desmontar la autoridad moral masculina mostrando que los hombres generan aquello mismo que censuran. Esto la lleva a la idea central de su crítica: no se puede responsabilizar a las mujeres de actitudes que han sido fomentadas por quienes ahora las juzgan. El poema plantea así una reflexión sobre la responsabilidad personal y la necesidad de coherencia ética.
Además, Sor Juana introduce una defensa implícita de la libertad femenina. No lo hace desde la confrontación violenta, sino desde la razón y el análisis, mostrando que las normas sociales de su época estaban construidas sobre prejuicios que perjudicaban a las mujeres. Se trata, en ese sentido, de un texto adelantado a su tiempo, cercano a lo que hoy consideraríamos un discurso feminista.
Sor Juana utiliza una ironía magistral para decir: «Ustedes ensucian el espejo y luego se quejan de que no está claro». El poema trasciende su época porque toca un tema universal: el juicio injusto hacia el comportamiento femenino bajo estándares que los hombres no se aplican a sí mismos.

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Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejáos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

 

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