Miguel Hernández
“Nanas de la cebolla” es uno de los poemas más conmovedores de Miguel Hernández y fue escrito en 1939, durante su encarcelamiento tras la Guerra Civil española. El poema nació tras recibir una carta de su esposa Josefina Manresa, quien le transmitía la desesperación de no tener nada más que pan y cebolla para alimentarse ella y a su hijo Manuel Miguel, de apenas ocho meses. Miguel Hernández le respondió: «El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consuelas, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme”.
El poema, en su aparente simplicidad, encierra una profunda carga emocional. A través de versos que evocan la leche de la cebolla y el hambre, el poeta expresa su desesperación e impotencia ante la imposibilidad de alimentar a su hijo. Sin embargo, en medio de este lamento, surge un atisbo de esperanza y resistencia en la imagen de la «risa» del niño, que se convierte en un símbolo de libertad y vida frente a la opresión y la muerte. Esta risa, que «me hace libre, me pone alas», es un acto de afirmación vital que contrasta con la tragedia circundante.
Enmarcado en la vertiente más social y existencial de la Generación del 36, el poema refleja la vulnerabilidad extrema del vencido. Sin embargo, lejos de rendirse al rencor, el poeta utiliza el amor filial como trinchera última, cerrando los versos con una desgarradora petición: que el niño no descubra la tragedia histórica que le rodea.
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Comentarios destacados a este poema en YouTube:
- Precioso y desgarrador poema, que habéis sabido ponerle un plus de emoción con tu voz, con esos dibujos que lo dicen todo y con ese acompañamiento musical tan bonito! Gracias!!
- Hermosa interpretación de este poema de Hernández. Miguel no tenía la intelectualidad de Machado, pero sus versos lo igualan y como esos no hay dos, como dice Leo Fabio. Excelente
- …
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.