La monja gitana

Federico García Lorca

Este poema de Federico García Lorca nos sumerge en la intimidad de una monja gitana que, en el silencio de su convento, lucha contra una naturaleza que la empuja hacia la libertad y el deseo. Situado en el corazón del Romancero gitano, el texto captura ese momento en que la imaginación rompe las paredes de la clausura.
Lorca no nos presenta a una religiosa entregada a la mística espiritual, sino a una mujer de carne y hueso cuya sangre gitana rebela sus sentidos ante la belleza del mundo exterior.
El texto muestra claramente un conflicto: por un lado, la vida ordenada, silenciosa y limitada del convento; por otro, un mundo interior lleno de fantasía, naturaleza, colores y movimiento. La monja querría crear algo distinto, algo que refleje lo que siente, pero está atrapada en una rutina que no le permite hacerlo.
También aparece una cierta tensión emocional más profunda. Algunas imágenes sugieren deseos reprimidos, incluso de tipo amoroso o vital, que no encajan con su vida religiosa.
Lorca utiliza este personaje para hablar de algo más general: cómo muchas personas, especialmente en contextos rígidos, no pueden vivir como realmente desean. La monja simboliza esa lucha entre lo que uno es por dentro y lo que se espera por fuera.
En conjunto, el poema invita a reflexionar sobre la importancia de la libertad personal, la creatividad y la necesidad de expresar lo que uno siente. Aunque la protagonista no logra cambiar su situación, su mundo interior sigue siendo rico y poderoso, lo que da al poema una belleza muy especial.

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Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

 

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