Miguel Hernández
«Del ay al ay por el ay», de Miguel Hernández, pertenece a los poemas escritos en torno a 1933-1934, en sus primeros años creativos, cuando el poeta oriolano exploraba la relación entre el deseo, la conciencia moral, el sufrimiento y la búsqueda de sentido.
El poema presenta una existencia marcada por el dolor desde antes del nacimiento hasta la muerte. El sufrimiento comienza con la concepción y el parto, continúa durante la crianza y termina convirtiéndose en una experiencia que invade la relación del individuo con la naturaleza, la sociedad y su propia conciencia. Ni el paisaje ni los seres vivos consiguen ofrecerle consuelo: el mundo entero parece volverse indiferente a su desamparo.
La expresión constante del «ay» transmite una visión profundamente angustiada de la existencia: vivir significa sufrir, incluso cuando se intenta obrar bien. El poeta no encuentra refugio ni en la naturaleza ni en la espiritualidad; hasta su silbido, destinado a aliviar la pena, nace herido. Esta lectura coincide con la interpretación crítica que destaca el conflicto entre el deseo, la culpa y el sufrimiento.
La idea esencial es que el dolor acompaña al ser humano desde su origen y condiciona su manera de habitar el mundo. Lo más conmovedor es esa impotencia final: ni siquiera el canto consigue transformar la angustia en consuelo.
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Comentarios destacados a este poema en YouTube:
- Genial en su voz, ni Serrat consigue ese tono cuando la canta. Maravillosos versos.
- Que trio tan fantástico: el poeta, la voz q da vida a los poemas y la imagen y el sonido q nos relajan. Eskerrik asko.
- Cuando el sentimiento, la voz, el poema, las imágenes y la música conforman un todo tan perfecto, el resultado solo puede ser esta preciosa maravilla. La imagen final con las palabras de Miguel Hdez, emocionantes. Gracias, siempre!
- Bellísimo. Simplemente bellísimo
- ¡Muchas gracias por estos excelentes vídeos, Inmaculada!
- Otra joya que adquiere más brillo en tu acento, Inma. Gracias!
- …
Hijo soy del ay, mi hijo,
hijo de su padre amargo.
En un ay fui concebido
y en un ay fui engendrado.
Dolor de macho y de hembra
frente al uno el otro: ambos.
En un ay puse a mi madre
el vientre disparatado:
iba la pobre –¡ay, qué peso!–
con mi bulto suspirando.
–¡Ay, que voy a malparir!
¡Ay, que voy a malograrlo!
¡Ay, que me apetece esto!
¡Ay, que aquello será malo!
¡Ay, que me duele la madre!
¡Ay, que no puedo llevarlo!
¡Ay, que se me rompe él dentro,
ay, que él fuera! ¡Ay, que paro!
En un ay nací: y en un ay
y en un ay, ¡ay! fui criado.
–¡Ay, que me arranca los pechos
a pellizcos y a bocados!
¡Ay, que me deja sin sangre!
¡Ay, que me quiebra los brazos!
¡Ay, que mi amor y mi vida
se quedan sin leche, exhaustos!
¡Ay, que enferma! ¡Ay, que suspira!
¡Ay, que me sale contrario!
Del ay al ay, por el ay,
a un ay eterno he llegado.
Vivo en un ay, y en un ay
moriré cuando haga caso
de la tierra que me lleva
del ay al ay trasladado.
¡Ay!, dirá, solo, mi huerto;
¡ay!, llorarán mis hermanos;
¡ay!, gritarán mis amigos,
y ¡ay!, también, cortado, el árbol
que ha de remitir mi caja,
ya tal vez sobre lo alto,
tal vez bajo los filos
del hacha fiera en la mano
El mundo me duele: ¡ay!
Me duele el vicio, y me paso
las horas de la virtud
con un ay entre los labios.
¡Ay, qué angustia! ¡Ay, qué dolor
de cielos, mares y campos;
de flores, montes y nieves;
de ríos, voces y pájaros!
Por palicos y cañicas
¡ay!, me veo sustentado.
El lilio no me hace señas,
¡ay!, con pañuelito cano.
Las pitas no me defienden,
con sus espadones áridos,
del demonio. Las palmeras
no me quieren hacer alto
por más que viva a la sombra
de estrella de sus palacios.
No me pone la naranja
el ojo redondo y claro,
ni con sus luces porosas
el limón el gusto amargo.
Y ¡adiós!, el aire me dice
cuando pasa por mi lado.
La inmovilidad del monte
no lleva mi sangre al paro,
ni hacia los cielos me tiran
honda ruda y puro raso,
y tengo la carne siempre
pechiabierta a los pecados.
Sucias rachas tumban todas
las cometas que levanto,
y todos los ruy-señores
esquivos y solitarios
se burlan de ver mis sitios
malamente acompañados.
–¡Ay!, todo me duele: todo:
¡Ay!, lo divino y lo humano.
Silbo para consolar
mi dolor a lo canario,
y a lo ruy-señor, y el silbo,
¡Ay! me sale vulnerado.